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UNA IMAGEN: MANDAR AL CARAJO

Desde donde todo se ve mejor

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La expresión usada con carácter peyorativo “mandar al carajo” puede constituir en sí misma una paradoja interesante.  Nos manda al carajo la propia pareja en un arrebato de histeria, el vecino xenófobo y  amargado que no soporta el ensayo del piano dentro de los horarios permitidos. También nos envía al carajo el maestro mediocre cuando, producto de su incapacidad, se siente amenazado por la brillante pregunta para la que no tiene respuesta, y  el profesor de la universidad que inocula ideologías sin aceptar el cuestionamiento de su doctrina. De manera subrepticia nos mandan al carajo los políticos cuando obstaculizan nuestras protestas ante sus engaños y tropelías, los banqueros con su re-edición y actualización de cláusulas abusivas y productos engañosos, las empresas eléctricas cuando nos endosan una factura cuyo coste representa (en su mayoría) pagos ajenos a nuestro consumo real. Estamos siendo enviados todo el tiempo al carajo, como un castigo, como una manera de recordarnos que estamos en desventaja en el juego de poder.

Sin embargo, es posible que este último argumento no sea tan cierto. Si nos diéramos cuenta de lo privilegiados que podemos ser en esas alturas donde, distanciados de la confusión, acaso somos capaces de reflexionar con mayor objetividad en torno a todo cuanto ocurre. Si aceptáramos que confinados, aunque en apariencia y simbólicamente, podemos hacernos de una perspectiva que facilita la visualización global, no seríamos los débiles. Si acaso nos diéramos cuenta de ello, entonces convertiríamos esa situación de indefensión y amenaza, de perturbación y expulsión alegórica, en una gran oportunidad.

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