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La prosa de Leonard Cohen

La re-edición en castellano de sus novelas recuerdan al autor canadiense que nos dejó más que música y poesía

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Hace ya un par de años que falleció el músico y escritor canadiense Leonard Cohen. La  calidad indiscutible de su trabajo es una certeza para todos como lo es el hecho de que previo a éste como cantautor, ya a mediados de los 60 se había dedicado a publicar poesía. Lo novedoso para muchos es que mientras permanecía recluido de manera voluntaria en la isla griega de Hidra, y antes de su andadura por la música, en una vieja Olivetti y a la luz de una lámpara de parafina, Cohen no solo escribió su tercer libro de poemas “Flores para Hitler” sino sus dos únicas novelas: “El juego favorito” en 1963 y “Hermosos perdedores” en 1966. Es esta última aventura literaria la que recoge y recupera el sello Lumen  (Penguin Random House) en dos libros con prólogos del escritor español Ray Loriga.

En “El juego favorito”, Cohen nos remite al propio universo de amores trágicos e imposibles que más tarde cristalizarían en canciones como So Long Marianne, Hallelujah, There is a War, I’m your man, Alexandra Leaving o The letters. Mediante una profunda lírica evoca a las niñas y jóvenes que durante su infancia y juventud despertaron la sexualidad en él mientras acciona la memoria cuando invoca el pasado en Westmount, su residencia durante la infancia.

Cohen acomete una constante que pervive en toda su obra: el judaísmo contra el cual se rebela en Westmount, aunque más adelante defenderá con igual intensidad en un episodio en el que se enfrenta a los antisemitas de Quebec.

El polifacético artista imprime en “El Juego favorito” una extraordinaria fusión entre misticismo y sexualidad, poesía y obscenidad, la  que aseguraría el rotundo éxito que tuvo esta obra en los EEUU cuando por primera vez salió al mercado.

En “El Juego favorito” su protagonista Lawrence Breavman, es un niño judío que crece en el Montreal de los años cincuenta y que logra descubrirse a sí mismo a través de la escritura. Se trata de un Bildungsroman (relato de formación) cuyo personaje guarda sendas semejanzas con el autor: es entusiasta y al tiempo depresivo. Ambos buscan la belleza y el amor. En tal sentido, podríamos considerar esta obra como una magnífica ventana al universo del propio Cohen.

El  director de cine español Loriga, quien lo prologa, refiere: “Encontrarán aquí todo lo importante: Europa, América, pasado, futuro, campos de concentración, juegos hermosos y otros malditos. Conceptos de clase y clases de ideas. Niñas y niños, hombres y mujeres, atados y desatados por el sexo. Amistades, lealtades, traiciones e impresiones”.  Es una novela fragmentada, pero profundamente coherente, que consigue “devolver a cada cosa, a cada instante, el brillo que tuvo en el pasado» como lo hiciera Proust, según el propio Loriga.

Mientras “Hermosos perdedores» es la segunda pieza de este dúo narrativo. No es exagerado afirmar que representa una de las obras literarias más hermosas, extrañas y a la vez radicales de las letras canadienses. Tan es así que en su primera edición, la contratapa citaba a un periodista del Boston Herald quien habría sentenciado: «James Joyce no ha muerto. Vive bajo el nombre de Cohen y escribe desde el punto de vista de Henry Miller».

Es posible que resulte excesiva tal comparación con Joyce, a mi particularmente así me lo parece. Sin embargo, cuando lo parangona con Miller pese a lo arbitrario que también nos resulte, es posible que descubramos esa coincidencia en el erotismo que subyace a ambas obras.

Apartada de las especulaciones de otros, lo que sí es cierto es que esta pieza narrativa es la prueba inequívoca de la entera capacidad de Cohen de convertir en literatura el propio fluir de conciencia.

“Hermosos perdedores” describe la historia de un hombre que ha amado a tres personas en su vida. Todas muertas ya. Nos habla de un tórrido y asfixiante triángulo amoroso que describe la obsesión por Catherine Takakwitha, una indígena mohawk del siglo XVII que abrazando el catolicismo y el sacrificio hasta el martirio, renuncia al matrimonio y al sexo. Junto a este personaje de Catherine, su esposa Edith y su gran amigo F,  fallecidos para la fecha, son invocados por Cohen para conformar la trama.

Vale señalar que Catherine de la cual Cohen se reconoce devoto, existió en la vida real y  fue beatificada en 1980. En una entrevista en 1999 dijo, inclusive, que Tekakwitha era uno de los espíritus que cuidaban de su hogar. Lo que nos sugiere que se trata de elementos autobiográficos de los que el autor echa mano para construir a ese protagonista que va tras las respuestas del por qué los hombres toman las decisiones que toman, y cómo éstas determinan sus destinos. Un personaje que descubre que las explicaciones a tales interrogantes no son siempre exactas, que no siempre ocurre lo esperado. Entiende entonces que existe un misterio subyacente y que no existe otra manera de afrontarlo sino a través de la mística. Será este enfoque de la vida una constante que recorrerá de manera trasversal buena parte de su trabajo musical posterior en «Song of Bernardette», «Jean of Arc», y «Suzanne”.

“Hermosos Perdedores” dotada de una prosa llena de lirismo, es acaso un delirio del talentoso autor en el que combina la profunda belleza de la forma, con una detallada y a ratos cruel descripción. La sorna que parece descansar opaca en la profundidad del relato,  torpedea al autor de cuando en vez, que de manera impoluta nos permitirá atravesar cierto desconcierto hasta decidir cuál es la trama sobre la cual se construye la obra en sí, de qué trata en realidad. Habrá muchas maneras de construir este relato que a final de cuentas es una elegía al amor.

 

    

 

 

El Juego Favorito
Hermosos perdedores
Leonard Cohen
Prólogo: Ray Loriga
Editorial:  Lumen. Penguin Random House
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