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El pueblo soy yo. Venezuela en populismo

El documental del director venezolano Carlos Oteyza

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Como venezolana son muchas las interrogantes que a casi a diario debo intentar responder respecto a la situación penosa que transita mi país ¿Por qué el gobierno chavista mantiene apoyo popular? ¿Cómo es posible que una nación rica haya caído en quiebra tan estrepitosamente? ¿Por qué se insiste en señalar la existencia de una censura si está claro que en el país operan medios de oposición? ¿Cómo es posible que hayan dilapidado semejante cantidad de millones de dólares? Y pare de contar… Abordar 19 años de un gobierno marcado por sendas peculiaridades y por la calamidad para lograr ofrecer una respuesta coherente, satisfactoria y que respete la objetividad, es tarea complicada.

Esa capacidad de categorizar la información, sintetizar su vastedad e hilvanar cada episodio hasta obtener un relato que responda a nuestras interrogantes, es lo que ha caracterizado al trabajo del historiador y cineasta venezolano Carlos Oteyza, quien a sus 70 años nos trae El Pueblo Soy Yo. Venezuela en populismo.

Se trata de una pieza cinematográfica en formato documental -género ampliamente trabajado por el realizador- que pareciera continuar con ese previo y extraordinario dúo cinematográfico  que en 2016 nos ofreciera bajo el nombre de CAP 2intentos. En él, Oteyza ya nos había sumergido en la Venezuela boyante del boom petrolero del 70, pero también en la de los ajustes y consecuencias que marcaron la década inmediata posterior. En el epicentro de aquella etapa, el ex-presidente Carlos Andrés Pérez en sus dos mandatos, sería el elemento definitorio para la llegada al poder del Teniente Coronel Hugo Chávez Frías gracias a las consecuencias socio-políticas que su gestión propició,  aunque a la postre, sería el controvertido indulto que el mandatario Rafael Caldera le concediera en 1998 lo que le sentaría en la silla presidencial.

Un período al que inevitablemente es preciso dirigir la mirada para comprender con cierto atino, el presente que da vida a esta nueva producción.  El pueblo soy yo, más allá de ser un registro valiente y riguroso de la historia contemporánea venezolana, es una reflexión que nos permite tener respuestas a tantas preguntas, comprender cómo el país ha llegado a alcanzar la abominable situación que le aqueja, y es al tiempo y sobre todo, una advertencia, una exhortación a los pueblos del mundo cuando el autor es capaz de desmontar los mecanismos del poder autoritario.

En su recorrido el documental aborda los episodios más recientes acaecidos en Venezuela desde el asalto al Congreso aquél trágico 4 de febrero de 1992 comandado por Hugo Chávez Frías, así como su llegada al poder en 1999, su muerte en 2013 y finalmente, el ascenso de su legatario, Nicolás Maduro.

La producción fue una idea original del ensayista e historiador mexicano Enrique Krauze, autor del libro homónimo “El pueblo soy yo” (2018) recientemente publicado, y a quien ya conocemos por “El poder y el delirio” (2008), “Redentores: Ideas y poder en América Latina” (2011), entre otros títulos. Sensibilizado por el tema, experto y ocupado en la tarea de desvelar las claves del populismo latinoamericano, Krauze ve en el caso venezolano el paradigma para mostrar al mundo una amenaza que ha permanecido latente a nivel global y que hoy florece en diversos escenarios.

Oteyza por su parte, en su alocución durante el encuentro con la prensa en Barcelona destaca la invitación que el ensayista le girara para compartir tal proyecto, dada la trayectoria y avezada experiencia del cineasta ofreciéndonos relatos acerca de Venezuela, como historiador y director de cine.

El Pueblo soy Yo. Cartel

De la propuesta hecha hace tres años por el autor mexicano, surgió la sinergia que permitió construir esta narración en tono histórico sobre una extensa base documental que expele un aire más didáctico, propio de escenarios académicos o foros, que de salas comerciales.

Cuidadosamente posicionado a un costado del análisis, el director venezolano intenta dejar de lado el melodrama posible de explotar y las referencias explícitas en defensa de posturas opositoras al gobierno, para construir un relato serio, con claro acento tanto en la denuncia del poder unívoco y el derribo de la separación de poderes, como en la advertencia de las artimañas y velados recursos empleados por los líderes carismáticos de vocación autoritaria surgidos en escenarios buenos como caldos de cultivo.

El principal mérito de este trabajo, a mi juicio, es el de trazar a lo largo de hora y media una línea temporal en la que se distribuyen los hitos más destacados del proceso de degradación nacional, mediante capítulos que ayudan a responder la pregunta que la inmensa mayoría se formula ante el caso venezolano: ¿Cómo han podido llegar a semejante tragedia?

petare_01 Creative Commons

Hace treinta años ya era posible contemplar, a la entrada de la capital venezolana, una luminaria destellante formada por miles de pequeños focos que cubrían las lomas y colinas circundantes a la carretera. En la oscuridad un paisaje cuando menos llamativo. Pero la nocturnidad ocultaba la verdadera atrocidad de las zonas suburbiales que coexistían con la otra cara de la capital más próspera. Plenas de chabolas daban la bienvenida al recién llegado como una carta de presentación que era archivada al llegar a destino. Aquel paisaje nos decía “ésta es también Venezuela”. Pero tomábamos nota y seguíamos nuestro camino. Una Venezuela que permaneció dormida en su miseria y necesidad, que solo saltaba a los medios durante las elecciones o en las páginas rojas de los medios. Una Venezuela relegada, siempre esperando la dádiva a la que cada campaña electoral le tenía acostumbrada.

La irrupción de Chávez supuso un cambio radical de estrategia, aunque conservó y reforzó el sistema de dádivas que había caracterizado en menor medida y de manera más espasmódica a épocas precedentes. El teniente coronel, convertido en candidato político, vería en toda esa energía contenida en las zonas más necesitadas, un potencial que se propuso capitalizar mediante el diseño del discurso apropiado cuyo objetivo final era al efectivísimo control social que vendrá a caracterizar a todo el período chavista. Su carisma y el oportuno uso de recursos inmateriales y materiales, le catapultarían directo al poder permitiéndole colgarse al cuello el letrero: Yo soy el pueblo. Yo soy Venezuela.

Ese mismo paisaje cundido de chabolas, y signo claro de la miseria existente, es el que da apertura en poderosa panorámica al documental de Carlos Oteyza. La diferencia, además de los treinta años que le distancian de mi descripción introductoria, es que la pobreza existente para aquel entonces, se había extendido como un cáncer debajo de aquellos techos improvisados en el momento de esta toma aérea incluida en el audiovisual, porque las medidas mágicas propuestas por el Socialismo del Siglo XXI no cundieron, a día de hoy, los efectos esperados por los ciudadanos. Se exparció el hambre y la miseria rebasando las zonas suburbiales hasta colmar al país de norte a sur y de este a oeste.  El dantesco espectáculo, que ofrece Oteyza en esa imagen aérea, es de un simbolismo atroz.

Ya entrados en plena metrópolis caraqueña, el caos de las colas y el desengaño contrasta en la cinta con los símbolos de un pasado próspero constatable en la presencia de grandes edificios de oficinas que yacen en pie, aunque en claro abandono.  Emblemáticas estructuras -otrora patrimonio de la nación- hoy destruidos, lucen tan maltratados como el común de los ciudadanos que se aventuran a expresar su malestar – pese a las prohibiciones que conocemos- mientras aguardan su turno en una interminable cola. Iracundos unos, debilitados otros por el fracaso circundante, los hombres y mujeres retratados afrontan las consecuencias que les empujan a reflexionar acerca de todo lo acontecido. Oteyza traza una cronología que encuentra también su voz en el análisis de la casuística y en la elaboración de útiles proyecciones por parte de reconocidos historiadores, economistas e intelectuales latinoamericanos, entre los que destaca el propio Krauze.

El film entonces, encara el tono de pretendida asepsia y objetividad de los profesionales que intentan diseccionar la realidad, con el relato de las impactantes imágenes de destrucción, y el testimonio ciudadano de dolor, hambre e impotencia. Todo en tomas, meticulosamente seleccionadas entre los archivos del propio director, las alocuciones maratónicas de Chávez en cadena nacional, el registro de los medios de comunicación y de personas anónimas dadas a la tarea de consignar el nefasto capítulo en sus propias vidas, más a título de denuncia.

Se trata de hora y media de metraje estructurado como ensayo biográfico por capítulos casi temáticos, cuyo ingente trabajo hace suponer el enorme reto de criba y selección que ha podido suponer para su creador.

Tal y como nos relata el director, la película trata del populismo y persigue destacar entre otras cosas, cómo las innegables habilidades comunicativas y el gran carisma del Teniente Coronel Hugo Chávez Frías marcaron un antes y después en la historia del país, de la región y del mundo.

Pero el abundante material no se comporta como una mera compilación acerca de la trayectoria política de Chávez, su mantenimiento en el poder y la herencia recogida y adaptada por su sucesor. El film tiene clara vocación pedagógica y denotativa. Mastica los conceptos que han irrumpido en la esfera pública de manera desordenada y sorpresiva. Interpreta la apropiación que el chavismo ha hecho de los símbolos, el expolio de parte de la cultura, la incautación de la historia precedente, y hasta su reescritura.

El film también pone en evidencia la connotación del discurso, el reduccionismo practicado en el análisis de las causas de los conflictos y demandas sociales más acuciantes del país, y la instrumentalización del resentimiento e invocación al odio como mecanismo útil al nuevo argumentario. Pero sobre todo procura desvelar su claro objetivo de control.  Bien lo reitera el escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka en el documental: “La política es, sobre todo, palabra” refiriéndose al discurso. De esta manera, la obra de Carlos Oteyza y Enrique Krauze también nos conmina a que por extraño que pueda parecer, cualquier país está en riesgo de caer en tamaña calamidad víctima del populismo.

Porque es este concepto último el fin de la producción cinematográfica: cercar, conceptualizar y desgranar al populismo como una perversión en la manera de gobernar. Un método de construcción del poder que nada tiene que ver con la ideología y que precisa de una figura capaz de seducir a multitudes, de ejercer ese liderazgo carismático que a fin de cuentas está caro que encarnizaba Hugo Chávez.

Foto: Lilian Rosales Chávez Valencia 96

Cuando Oteyza nos retrotrae hasta el asalto de los tanques al Congreso venezolano capitaneados por un jovencísimo Chávez, no hace más que señalar uno de los tantos hitos de nuestra historia reciente: aquel momento marcaba la irrupción de la presencia militar en el ámbito político para quedarse, mucho antes de que fuera apenas advertido, y al atropello y coacción que persistiría – patente en la memorable frase de Chávez registrada en el documental que reza   “Esta es una revolución pacífica, pero armada” seguida de un “No se equivoquen”. Porque el discurso populista, según destaca Oteyza, estuvo siempre plagado de ese simbolismo que alude a la violencia, y que va, del gesto Chávez con el puño que golpea en lo alto, a la ideación de un enemigo que da coherencia a la efectista narrativa que le soporta.

Pese a que existen muchos defensores del chavismo empeñados por convicción, romanticismo o interés en defender las tesis de la guerra económica como causa del fracaso del proyecto chavista, este documental y sus autores, dan fe de la responsabilidad que sus gobernantes han tenido en el derrumbe, no solo del citado proyecto sino de todo un país. Aferrados a la silla presidencial Chávez antes y ahora Maduro, han arrastrado a las instituciones, al tejido económico y a los ciudadanos hasta un despeñadero de descomunales dimensiones.

Visto este trabajo,  es bastante probable que el espectador pueda despejar muchas de sus dudas y hasta comprender por qué el país otrora puntera de América Latina cerrará con una inflación que bordea el 1.000.000% en 2018 (FMI). Por qué 2,5 millones de personas han abandonado el país desde 2014 (ONU). Por qué protagoniza el mayor desplazamiento forzado en la historia del Continente. Cómo la próspera industria petrolera, antes referente internacional, tiene hoy los peores números de su historia. Por qué hay desabastecimiento, por qué no hay producción, por qué hay hambre, por qué no hay medicamentos. Cómo es posible que el país y su gente mueran de mengua… Pero mejor aún, sientan el eco de aquella historia que parece lejana y ajena, y sean capaces de detectar los pródromos de una enfermedad de profunda vocación destructiva que ningún país y el conjunto de sus ciudadanos está exento de sufrir.

Estrenada en España el 11 de octubre pasado, se proyecta en salas de Barcelona, Canarias, Tenerife y Madrid.
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