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La huella indeleble de Doré

Genio del siglo XIX que se alzó como determinante para el imaginario de todos los tiempos.

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«Yo no morí, mas vivo no quedé»

Infierno: Canto XXXIV

La Divina Comedia

Foto: "Lucifer, Rey del Infierno" grabado por Gustave Doré que ilustra el Canto XXXIV de la Divina Comedia, Inferno.
Foto: «Lucifer, Rey del Infierno» grabado por Gustave Doré que ilustra el Canto XXXIV de la Divina Comedia, Inferno.

 

El Diablo yace con las alas agarrotadas mientras contempla la escena donde se paraliza la existencia más no la vida. Sus lágrimas derramadas a medio camino se congelan. Todo es frío y desazón. El entorno es una dilatada reguera de cuerpos sumergidos en el implacable hielo. Porciones humanas zozobrando por doquier. Cabezas suspendidas “rostro abajo” en la blanca frialdad, o “rostro arriba” para que las lágrimas también heladas, eviten que el llanto fluya liberador; hay brazos, dedos, porciones de vida como témpanos vigilantes, y hasta cuerpos sumergidos absolutamente en la propia angustia, consientes de este destino. Sin más futuro que la suspensión de la propia agonía. Estamos en el Noveno Círculo del Infierno, el más profundo entre los que está dividido el lugar de los castigos eternos, y donde acaban las almas de los traidores según la concepción de Dante.

 

 

Toda la potencia dramática de esa escena ha quedado magníficamente plasmada por uno de los artistas más prodigiosos del s XIX, Gustavo Dore. Su delirante obra nos ha legado imágenes, no solo para la concepción imaginaria de ese infierno sino para la idea que tenemos de los más célebres personajes, autores de clásicos de todos los tiempos. Doré nos ha proporcionado representaciones que se han mantenido grabadas en nuestra memoria colectiva. Su amplio catálogo de desconcertantes y poderosas ilustraciones, pinturas y grabados, abruma no solo en su extensión sino en su factura y poder comunicativo.

Los críticos contemporáneos, de Th. Gautier a Emile Zola, coinciden  en la enorme fuerza sobrecogedora de su obra, en la teatralidad e incluso en lo fantasmagórico de sus escenas, aspectos que encuentran probablemente su cénit en las diversas versiones del Cristo saliendo del tribunal. La pintura del asunto religioso le ha valido a Doré la reputación de «pintor predicador».

 

 

Desde sus inicios en la caricatura y la prensa diaria, el creador ha abordado diversas temáticas con majestuosidad y carácter. De lo histórico a lo costumbrista, donde España y a Gran Bretaña son a menudo su fuente de inspiración, de la denuncia a la mofa y de allí al asunto religioso o al retrato biográfico, Doré supo estampar su original sello en una obra que pervive.

“Lo ilustraré todo” dijo, y lo intentó con verdadero furor convirtiéndose así en  el más popular ilustrador de todos los tiempos. Su nutrido catálogo de autores contemporáneos es durante los siglos XIX y XX, tal vez la obra con mayor difusión internacional. Pese a su insaciable capacidad para crear mundos de fantasía, la obra de Doré también se encuentra fuertemente marcada por su enfoque como cronista social, presente en las escenas que describe con motivo de sus viajes, o en los grabados acerca de la ciudad de Londres.

Los «paisajes sublimes» de románticas y atmosféricas visiones de los Pirineos y los Alpes así como los cuadros desoladores sobre la guerra franco-prusiana (1870-18071). De estos últimos destaca el tenebroso tríptico «The Black Eagle of Prussia», «The Enigma» y «The Defence of Paris», una pieza que recoge toda la iniquidad de la tragedia bélica, sobre la que el artista escribió: «Nuestro infortunio es inmenso y nuestra angustia, terrible. ¿Cómo emergeremos de este lago de sangre y abandono?».

Pero no sería solamente el dibujo, la pintura y el grabado las disciplinas en las que destacaría este genio de la creación. Doré  trabajaría en la escultura dejándonos piezas de innegable factura como el monumento a Alejandro Dumas que podemos disfrutar en la actualidad en Paris.

 

Ilustración para la Divina Comedia de Dante Alighieri
Ilustración para la Divina Comedia de Dante Alighieri

 

Nacido en Estrasburgo en enero del año 1832 se dice que fue un chico prodigio cuyos primeros dibujos vieron la luz cuando contaba con tan sólo 5 años.

En una visita que hiciera a la ciudad luz junto a sus padres, un Doré de 15 años quedaría prendado de la bohemia artística parisina, y fingiendo una enfermedad para quedar a solas, dibujó una serie de bocetos, y decidido emprendió su camino hacia el despacho del editor Charles Philipon en la idea de conseguir un contrato de trabajo. La consecuencia de aquella aventurada decisión sería la publicación de “Los trabajos de Hércules” en 1847. Una sátira escrita por el propio Doré con ilustraciones también suyas. Un trabajo editorial que es casi imposible de encontrar actualmente en el mercado.

Pronto toda Francia se rendiría a su impactante trabajo, incidiendo notablemente en beneficios económicos para el artista. Con 16 años el joven cobraba más que Honoré Daumier, convirtiéndose en el ilustrador mejor pagado de su tiempo.

Para la época, el trabajo de un todavía adolescente Gustave rondaba las 2.000 caricaturas y a la petición de ilustrar la obra de Lord Byron en 1853, se le abriría toda clase de oportunidades en el mercado de habla inglesa: entre ellas los encargos para ilustrar «El Cuervo» de Allan Poe y una nueva versión de la Biblia (1865).

Entre los proyectos más ambiciosos del artista se encontraría el enorme libro ilustrado del Infierno de Dante que el propio artista le habría propuesto Louis Hachette, reconocido editor francés de la época, quien habría rehusado a tal proposición visto el enorme coste de producción que suponía. Sin embargo, aquel proyecto acabaría cristalizado en 1861 cuando Doré, asumiendo con todo su capital y de manera íntegra la producción de 100 ejemplares de bolsillo con 76 grabados, recibiría un mensaje del editor en un telegrama. Sus palabras quedarían para la historia: “¡Éxito!, ¡ven rápido!, ¡soy un lameculos!

De esta manera comenzaba la gran aventura para para el joven ilustrador francés. Y aunque su trabajo se extendía ya por Europa, el éxito internacional aún se resistía. En 1862, habiendo viajado a España junto al Barón Davillier, publicaría junto a él las crónicas acerca de sus viajes por las principales ciudades españolas y sus valoradas escenas costumbristas. Obra ésta que formaría parte de “Le Tour du Monde”. A esta época también corresponden las ilustraciones para «El Barón de Münchhausen» y para «El Don Quixote de la Mancha» (1863).

Ilustración para Don Quixote de M. de Cervantes/Wikipedia Commons
Ilustración para Don Quixote de M. de Cervantes

A partir de diciembre de 1865 el trabajo eclosionaría de una vez por todas. La gran exposición en la Londres de 1867 catapultaría su éxito. Su rico y elegante estilo, que desbordante de una fantasía grotesca  apelaba al gótico victoriano, encontraba finalmente enorme aceptación. Tal triunfo le permitiría inaugurar la Doré Gallery en Bond Street.

 

 

En 1869, Blanchard Jerrold, le pide a Doré trabajar juntos sobre la obra de Rudolph Ackermann, William Pyne y Thomas Rowlandson «The Microcosm of London» (1808) rehaciendo su visión de la Londres victoriana.

Doré firmaría un contrato de cinco años con la editorial Grant & Co. Para tal fin, cobrando la suma de 10 000 libras esterlinas (160 000 dólares aproximadamente) por año. Aquello lo obligaría a pasar al menos tres meses al año en Londres. El libro saldría a la venta en 1872 bajo el título: «A Pilgrimage» con las letras discursivas de Jerrold y 180 ilustraciones que recogían la dura realidad de Londres, escenas que adquirirán un valor atemporal ya que incluían algunas especulaciones acerca del futuro. La publicación sería un rotundo éxito comercial pero una porción de la crítica no lo recibiría de buena gana. Peor aún, revistas como la Westminster Review se encargarían inclusive de denunciarlo y hubo otros medios, como El Art Journal, que le tildaron de «fantasioso más que ilustrador».

Sin embargo, la obra de Gustave Doré no solo era hermosa, fina e imaginativa, sino que era capaz de evidenciar de forma impactante toda la realidad de su entorno, vibrante y no siempre agraciado de tal suerte que este escándalo no detuvo su éxito y promoción, por el contrario, «A Pilgrimage» despertó sendo interés entre los editores, y el trabajo tanto de Jerrold como del propio Doré se vio enteramente beneficiado. Desde la edición inglesa de «la Divina Comedia» de Dante y “El Paraíso Perdido de John Milton” en 1866, nuevos trabajos saldrían al mercado con el sello de sus ilustraciones, trabajos entre los que destacan “Los idilios” de Alfred Tennyson, “Los Poemas” de Thomas Hood 1870 o “La Canción del Viejo Marinero” de Coleridge en 1876. Muchos de estos encontrarían además, un intenso eco en las ediciones del “Illustrated London News” y se convertirían en el preludio para la gran obra maestra del ilustrador: «Shakespeare», constituida por 1000 imágenes.

En torno al final de su vida y en vísperas a su muerte, un Doré melancólico y depresivo, abordaba temas perturbadores o retorcidos, sobretodo en el ámbito de la escultura. Durante este periodo Doré acabaría las ilustraciones para el texto de Edgar A. Poe, “El cuervo”.

Jarrold y Doré planearon reeditar el éxito del que había gozado juntos con «A Pilgrimage», esta vez en un nuevo volumen inspirado en París. Pero la muerte les sorprendió antes de que aquello fuera posible. En 1883, moría Dore poco después de cumplir 51 años, y Jerrold, quien había comenzado a trabajar en una biografía en su propia biografía, le siguió ese mismo año dejando inconcluso su proyecto.

No cabe duda de que el singular trabajo del artista francés  Doré desempeñó un protagonismo innegable en la cultura visual del siglo XIX. Desde la belleza de sus litografías para los textos de Perrault, Balzac y Rabelais en la prensa de la época, hasta la majestuosidad expresiva lograda en las ilustraciones para las obras de Shakespeare, Dante Alighieri y Cervantes, luce su obra sobria y elegante. Por si fuera poco, la factura técnica que distingue la totalidad de su trabajo, la visionaria imaginación que explora nuevos escenarios, y la capacidad para explotar la potencia contenida en la imagen como recurso de comunicación masas aún impresiona a quienes la admiran. Inspiración para grandes creadores de la escena contemporánea, es considerada con entera razón, un determinante para el imaginario del siglo XX y comienzos del XXI.Desde el comic, del cual se considera uno de los padres fundadores, hasta la cinematografía contemporánea que sigue bebiendo de su eterna búsqueda de fronteras en sus decorados, atmósferas y propuestas creativas rompedoras.

 

don-quijote-después de-la-batalla-con-el-gato
don-quijote-después de-la-batalla-con-el-gato

La  delirante fantasía presente en sus gráficas han servido de base a las fantasmagorías y onírica de la obra de Meliès en su “Viaje a la Luna” (1902). Y desde la “Vida y Pasión de Cristo” producida por Pathé en 1922, buena parte de la filmografía acerca de la Biblia y sus pasajes, hacen referencia a sus ilustraciones.

Hay pocas películas cinematográficas de Dante o del Quijote que no hicieran lo mismo, desde el trabajo de Georg Wilhelm Pabst, al de Orson Welles o Terry Gilliam. Otros que han sido tocados por el espíritu de esta influyente obra han sido Polanski, Tim Burton y David Lean, cuando se trata de reproducir la Londres Victoriana.

Willis O»Brien, el pionero en efectos especiales y animación stop motion estadounidense, además de dar vida a los monstruos articulables de un impresionante «King Kong» en 1933, fue el responsable de recrear la amenazante atmósfera de la jungla, inspirado  en los grabados de las “Selvas primitivas“  de Gustav Doré. Los curioso es que tan deudora de Doré sería esta edición del 33 como el King Kong de Peter Jackson (2005). Por otra parte, «La Bella y la Bestia«, realizada en 1946 por el artista francés Jean Cocteau encuentra los propios encuadres y composiciones en los grabados del artista francés. Por último, Los realizadores de los estudios Disney  también tienen su deuda con Doré. Cuando  inspirados en su trabajo dieron vida al gato de «Shrek» (2004), una réplica del gato con botas de 1862.

 

El Gato con botas/ Wikipedia commons

 

En 1931, Henri Leblanc publica un catálogo que da cuenta de 9.850 ilustraciones, 68 pistas de música, 5 carteles y 51 litografías originales, 54 de lavado, 526 dibujos, 283 acuarelas, 133 pinturas y 45 esculturas. Por su parte el Musée de Brou Bourg en Bresse – preserva 136 magníficas obras que van de las pinturas al óleo a los dibujos y las esculturas.

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